Pensemos un rato en el siguiente dato: 4 de cada 10 personas nacidas en México después de 1985 (33 años de edad o menos al día de hoy) vivirán en la POBREZA como adultos mayores.

Tan terrible futuro emana de un estudio efectuado por la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros al enfocarse en la Administración de Riesgos Públicos para la Población Adulta.

El estudio adelanta también que el 64 por ciento de las personas nacidas post 1985 pertenecerán al estrato social clase media o baja que tendrán que seguir trabajando por jubilación para poder mantenerse.

Más negro no podría estar panorama económico futuro para los jóvenes menores de 33 años, quienes deben soportar bajos niveles de ahorro para el retiro, elevada informalidad laboral, y los crecientes problemas de salud que asuelan a la sociedad mexicana (i.e., mayores índices de diabetes, hipertensión, cáncer y otros males similares).

Claramente estas negras perspectivas para tan grande segmento de nuestra población resultan inaceptables.

Para poder cumplir, México con su enorme potencial económico requiere crecer su clase media, le urge repartir la prosperidad de manera equitativa a toda la sociedad, la riqueza debe ser como el fertilizante: esparcirse por todos lados para estimular el crecimiento.

Salta a la vista que necesario –urgente incluso- resulta acrecentar el AHORRO entre la población, el problema estriba en que nadie puede ahorrar si el salario no le alcanza para vivir, o si por carecer de un empleo estable se desempeña en el llamado “sector informal” de la economía.

Obvio, la creación de empleos debe tomarse como una labor prioritaria.

Si el Gobierno saliente no lo pudo lograr, pese a sus promesas de que lo haría, tocara al próximo Gobierno formular e implementar las condiciones necesarias para que haya en México abundante inversión, interna y externa, y para ello se requiere un ENTORNO de negocios amigable, uno en el que las trabas a la competitividad sean eliminadas.

Por éstas entendemos el costo de los energéticos, las trabas burocráticas, el costo del dinero, y armonía absoluta entre capital y mano de obra.

Esto en un marco de estabilidad, tanto social como de mercados, con una moneda sólida, ni devaluada ni sobrevaluada, tasas de interés sensatas y un nivel de inflación estable, cercano al 3 o 4 por ciento anual, como máximo.

Indicen en estos requerimientos básicos una serie de factores complejos e interconectados.

Siendo uno de ellos, sumamente importante, el código FISCAL que nos rige.

El que tenemos, producto de la burlonamente llamada “reforma fiscal”, resulta ya totalmente inservible.

No solo es demasiado COMPLICADO, sino que adicionalmente impone GRAVAMENES confiscatorios que maniatan a las empresas –y a las personas físicas- dificultando sobremanera su desempeño productivo.

Al reducir Estados Unidos sus tasas fiscales del año pasado de inmediato colocó a nuestro México en una gran desventaja.

Para varias, México no respondió esto es, NO SE ADECUÓ de manera expedita a los importantes ajustes realizados por Estados Unidos, por lo que en este importante rubro nos hemos quedado atrás, muy atrás.

Para ser competitivos nuestra sociedad debe desenvolverse en un marco fiscal no solo igual, sino más favorable aun que sus rivales comerciales y competidores.

Sobre todo, el de Estados Unidos, nuestro principal socio comercial, recipiente de cerca de un 80 por ciento de nuestras exportaciones.

Igualmente debemos pensar en ser competitivos con China, India, Brasil, Corea y otros países exportadores contra los que competimos en los mercados globales.

El Gobierno entrante, sea quien sea el que lo encabece, abraza una obligación ineludible de retirar la espada de Damocles de la pobreza que pende sobre la cabeza de nuestros jóvenes menores de 33 años: condenar a cada 4 de cada 10 a la pobreza por inacción gubernamental constituye en sí un crimen de lesa humanidad.

 

 

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